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Tropiqueer y las islas de resistencia

Por Antonio Martín Piñero

Dame causas por las que luchar
dame una fe en la que creer,
una guerra en la que combatir
por las últimas banderas
junto a ti…

Levantar un refugio, cavar una trinchera. Construir una comunidad. Ser ternura para cuidar y coraje para defender. Habitar con toda nuestra presencia cualquier espacio. Saber que la soledad es la única utopía. Eso es lo que nos da el arte, la literatura, la poesía. Eso es lo que ha sido, durante tres días, en Motril, Tropiqueer.

Soy, en el orden que quieran, lingüista, poeta, del barrio del Toscal, cáncer, veintiochoañero, bisexual, anarquista, un hombre con cierta tendencia a la pena, y mido metro ochentaiséis. Montón más de cosas. También me gustan mucho Chavela Vargas, David Bowie, Nacho Vegas, Raphael, Rocío Jurado o Rammstein. Y Raúl Zurita y Clarice Lispector y Guillermo Oliva y Katya Vázquez. Muchísimos etcéteras, pero todo esto viene para justificar, tal vez, que solo sé hablar desde mi experiencia, desde mi emoción, desde lo que me mueve y obliga a sacar las cosas de mí. He necesitado unos días para calmar la intensidad que me caracteriza, pido también perdón de antemano por no haber sido capaz de hacerlo. En cualquier caso, así ha sido, desde estos ojos, Tropiqueer.

Lo más importante, siempre, es la gente. De ella es de quien va este pequeño texto. No puedo sino dar las gracias. Gracias a nuestro público, a quienes vinieron a charlas y sobremesas, que nos acompañaron y nos recordaron lo necesario de la presencia, que lo que no se nombra no existe. No pudimos tener mejor moderador que hiciera de nexo entre nuestra locura y sus oídos, gracias por ese trabajazo conduciéndonos. Gracias, siempre, a Motril y su gente, porque es muy difícil que me sienta en casa fuera de mi isla y ustedes lo han conseguido cada vez. Gracias por todo el cariño con el que nos tratan y nos miran. A mis compañeras. A Nuria, con mucha envidia por su pelazo, por la libertad del Albatros y su vuelo que desafía al mar, por su sonrisa, por guardarnos en ella. A Manuel, a su tropa maravillosa, por escribir el margen, por hacernos protagonistas y no adornos, por acogernos entre sus páginas y decir nuestros nombres, por hacerme recordar a quienes ya no están. Acerina, compañera isleña, gracias por la complicidad, por las risas, por escribir sobre las cruces que nos habitan, y por que no sea yo el único que pierde el hilo y une peces con cemento. Con todo mi corazón, a Carla, que tengo ya siempre en un rinconcito conmigo, por dejarnos sin palabras con las suyas, por una mirada que es hogar, por acompañarme, por sentir orgullo de nosotras. Sé que nos seguiremos encontrando una y mil veces, y esa es otra de las magias que ha tenido Tropiqueer, que nos hayamos encontrado, darnos el primer peldaño de una inmensa escalera. Lo necesitábamos.

Por supuesto, gracias a Gerardo, compañero, a Juanjo y su poesía y dulzura, y a toda la organización, por construir algo tan bonito, tan especial, por el amor al arte y el trabajo por ese amor, por ser el refugio de versos que necesitamos. Saber que no estás solo, que hay más personas luchando por lo mismo, sin egos, mano a mano, con rigor y brazos abiertos, construyendo las trincheras que podamos habitar mientras dure la tormenta.

Han conseguido que Tropiqueer y Motril sean nuestro hogar y nuestra atalaya. Gracias a todas las demás personas que nos acompañaron y que guardaré ya siempre conmigo, a Inma, Horacio, Enriqueta, José, Carlos, Jesús, Manuel… Me voy lleno de su cariño y experiencias, de sus abrazos. Sé que cada año se sumarán más y más nombres a esta lista.

Hemos debatido mucho, leído, recitado, brindado. Y sí, también cumplimos los tópicos de reír y llorar mucho. Porque tenemos derecho a reír y llorar en cualquier lugar aunque intenten convencernos de lo contrario. Tropiqueer ha sido esa isla de resistencia en la que no solo compartir textos sino también vidas, vivencias que nos unen, que nos diferencian, pero que nos hacen creer, sí, que la única utopía es pensar que estamos solas. Tropiqueer no ha sido solo un encuentro literario LGTBQ+, es el principio de un largo camino de crecimiento, de reconocimiento, de comunidad y de lucha por ser, nada más y nada menos, que nosotras mismas. Hablamos como la gente a la que queremos y admiramos. Me vuelvo de Motril con el acento de todas ustedes.

La isla tiene siempre más que ver con la presencia que con la ausencia. Durante un fin de semana conseguimos inundar Motril con nuestra presencia, y dejarnos inundar con la suya, para levantar así una isla de resistencia a la que volver, un nuevo archipiélago de ternura y coraje.

…En el fragor de la batalla,
en lo más crudo del frío invierno
yo seré tu hermano de sangre
y tu refugio en el infierno…

Loquillo, Hermanos de sangre

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