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LA ODISEA, NOLAN Y LA NECESIDAD DE MIRAR ATRÁS PARA SEGUIR ADELANTE

Hay libros, imágenes grabadas en la memoria, que conservamos en el álbum de fotos que son nuestros recuerdos. Y sabemos que están ahí, aunque llevemos mucho tiempo sin abrir ese álbum. Algunos libros son un recuerdo difuso, una emoción, una época de nuestra vida. Otros, sin embargo, emergen desde el remordimiento, el aroma de una vivienda, el perfume que nos recuerda a alguien, la nostalgia de lo que ya no está con nosotros.

Después vienen aquellas páginas cuyo contenido jamás se alejan completamente. Permanecen en un discreto segundo plano hasta que, al reencontrarnos con ellas, percibimos haber transformado nuestro ser a su lado.

La Odisea constituye una de tales. Por eso, cada época experimenta el impulso de relatarla, no para volverla a decir, sino porque es necesario retornar a ella para ser conscientes de lo que hemos dejado por el camino.

Hay algo muy del director en su forma de narrar: el tiempo no avanza, sino que se torna en sí mismo. Lo que va sucediendo son recreaciones de la memoria. Y eso refuerza la idea central del filme: no volvemos nunca al mismo hogar, ni somos jamás los mismos cuando volvemos. El guion entiende que la épica no vive solo en los combates, sino en las consecuencias. Y ahí la película gana densidad moral, porque su interés no es el espectáculo por sí mismo, sino el precio de haberlo contemplado todo.

Dicho concepto constituye el centro de su largometraje. Nolan filma la epopeya desde un paradójico punto de vista intimista y emocional, transformando el trayecto de Ulises en suma de actos corporales hacia un examen profundo del cansancio de la vida, el remordimiento y el recuerdo. Los caballos, la bruja, las celosías y los adioses operan como fases de un camino necesario: el héroe no solo combate contra las mareas, sino que se enfrenta a su propia historia forjada así como a sus consecuencias, y la brecha entre aquel que partió y quien retornó. Por tal motivo, la obra se focaliza en el desgaste del que regresa, no en su figura heroica. Al término, lo subsistente no son los logros ni la reputación, sino la amarga incertidumbre de si, tras tanta penuria, permanece algo propio cuando volvemos al punto de partida.

En resumen, La Odisea constituye un trabajo extenso, duro y muy humano. Nolan la graba tal cual una epopeya hecha de roca y sal, aunque también como un canto fúnebre sobre el daño, la memoria y la dificultad de regresar a donde se empezó sin heridas. Consigue que técnicamente se convierta en una obra de estudio en las escuelas de cinematografía, consiguiendo algunas de las imágenes y secuencias más impactantes y bellas de su carrera cinematográfica. Se puede pensar en desmesura cuando se está dentro de ella, pero nada más lejos. Nolan respeta tanto lo que está filmando que esa desmesura se contiene hasta límites insospechados, evitando cualquier atisbo de plano o secuencia que no esté acorde a la delicadeza y maestría de la fuente escrita de la que procede.

Al terminar, lo que subsiste no es únicamente la admiración ante su magnitud, sino un sentimiento más duradero: el de haber presenciado un relato donde el retorno no nos salva, aunque sí fuerza a mirar con resignación y reflexivamente aquello que éramos. Y ello, en el cine actual, constituye casi un prodigio.

Calificación: 9/10

Jesús Ortiz

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