Cuando las naranjas, de Antonio M. Piñero, pertenece a ese tipo de libros que más que leerlos, se padecen. Publicado por Ediciones La Palma, el poemario se presenta desde el comienzo como una escritura del cuerpo, de la ausencia y de aquello que duele cuando todavía no ha encontrado un nombre suficiente.
Piñero no escribe el dolor desde la distancia: lo encarna. En sus poemas, la piel, la boca, la sangre, los huesos, los dientes, la saliva o las cicatrices, no son meros elementos de una imaginería corporal, sino lugares donde sucede la experiencia. «tengo ahora siempre / un temblor en las muelas»; «ni mi sangre soporta habitar este cuerpo»; «La pena. Yo soy la pena».

Es una poesía de una fisicidad extrema, que recuerda por momentos la tradición visionaria de Raúl Zurita —no por casualidad el libro le dedica uno de sus textos— y que comparte con él esa capacidad de convertir el sufrimiento íntimo en paisaje. Pero también hay ecos de Lorca, de Miguel Hernández, incluso de cierta Alejandra Pizarnik: la herida, el hambre, la noche, la imposibilidad de permanecer entero. No estamos, sin embargo, ante una escritura imitativa. Piñero toma esos materiales y los lleva a un territorio propio, profundamente atlántico.
Porque si hay un elemento que termina dando cohesión al libro es el paisaje canario. El volcán, la maresía, la arena negra, las palmeras, el océano, las naranjas, la calima. No funcionan como estampas costumbristas, sino como extensiones del cuerpo. En uno de los poemas más poderosos, el poeta se convierte literalmente en árbol: las raíces familiares se hunden en la tierra mientras la transformación urbanística arrasa el territorio de los abuelos: «han vendido el cielo. talan mi tronco». Ahí el dolor personal se convierte en dolor colectivo, en memoria de un lugar que cambia y expulsa a quienes lo habitaron.
También la pérdida de León, el perro, muestra la extraordinaria capacidad del autor para encontrar ternura allí donde aparentemente solo queda vacío. «es tu ausencia la que me ancla al derrumbe», escribe, y de pronto el duelo deja de ser una abstracción: es la falta de un olor, de unas patas sobre el suelo, de una lengua que confirmaba la propia existencia.
Formalmente, Piñero apuesta por el verso libre, la respiración larga, la asociación inesperada y una sintaxis que a veces se desborda deliberadamente. Hay poemas que parecen escritos desde el límite de la asfixia. Otros se condensan hasta convertirse casi en aforismos: «no es la montaña, / es tu carne y su ausencia / lo que tiembla». Esa alternancia entre desbordamiento y concentración es uno de los mayores aciertos del libro.
Y entonces comprendemos el título. Las naranjas aparecen varias veces como fruta, color, pulpa, piel, sabor, herida y memoria. Al final, el poeta las deja reventar «contra los labios los dientes el bigote», en una imagen de sensualidad y violencia a la vez. La naranja es aquí casi una poética: algo que contiene dulzura y ácido, vida y descomposición, deseo y herida.
Cuando las naranjas confirma, además, algo que conviene recordar: la literatura canaria goza de una salud extraordinaria. Existe una tradición de enorme riqueza —de Domingo Rivero a Pedro García Cabrera, de Alonso Quesada a Luis Feria, de Padorno a tantas voces actuales— y una literatura que nunca ha necesitado dejar de ser insular para ser universal.
Piñero escribe desde esa tradición, pero no detrás de ella. Su voz es joven, herida, experimental y profundamente afectiva. Y quizá esa sea la mayor virtud de este libro: que después de atravesar tanta oscuridad todavía conserve, como una pequeña flor al borde del derrumbe, una certeza. «habré de florecer».
Porque, al final, también de eso trata la poesía: de encontrar una forma de seguir siendo cuerpo después de haberlo perdido casi todo.
Gerardo Martín

