En La puerta de mi casa, desde el propio título, la autora parece colocarse al otro lado del umbral y hacer al lector un gesto sencillo: pasa. Pero conviene saber que tras esa puerta no encontraremos una casa ordenada para las visitas. Encontraremos algo mucho más valioso: una vida.
Publicado por Sonámbulos en 2022, el poemario construye su geografía emocional mediante una arquitectura doméstica. Un poema inicial da paso a tres estancias —Puerta adentro, Patio de atrás y La terraza— que no funcionan únicamente como divisiones formales, sino como espacios de la memoria. La casa es aquí cuerpo, refugio, duelo, familia, deseo; también el lugar desde el que se mira aquello que ya no está y aquello que, pese a todo, continúa.
Y la entrada no puede ser más reveladora. El poema que da título al libro nace de una ausencia devastadora: la del hijo. La voz poética admite que podrá volver a estar alegre, incluso sonreír, pero establece una diferencia dolorosamente lúcida entre alegría y felicidad. Esta última seguirá su camino, “ignorando que existe / la puerta de mi casa”. Ahí queda establecida una de las tensiones fundamentales del libro: cómo continuar habitando la vida después de conocer una pérdida que ha cambiado para siempre nuestra manera de estar en ella.

En Puerta adentro entramos precisamente en ese territorio. Aquí la poesía de Marga Blanco alcanza algunos de sus momentos más desnudos. En Enigmas, el arte y los libros aparecen como salvación ante la muerte del hijo: Venus, Van Gogh o la Gioconda entran en la casa porque la cultura no es adorno, sino una manera de resistir. Y surge uno de los grandes asuntos del poemario: los muertos no desaparecen del todo. Regresan en sueños, palabras, gestos, objetos y semejanzas. La memoria convierte así la casa en una forma de convivencia con los ausentes.
Pero sería injusto leer La puerta de mi casa únicamente como un libro de duelo. Su riqueza está precisamente en todo lo que cabe dentro de él. Hay hermanas, padres, amantes, hijos; hay infancia y maternidad; ciudades provincianas, aulas, hospitales, playas, domingos, terrazas y viajes. Hay también miedo, deseo y una delicada conciencia de la fragilidad. En Magia y derrota, por ejemplo, la niña que creía poder proteger a los suyos mediante pequeños rituales descubre de adulta que ha perdido “el poder de salvar a nadie”. La imagen resulta conmovedora porque Blanco sabe hacer algo difícil: convertir lo autobiográfico en una experiencia reconocible para los demás.
Su poesía encuentra muchas veces su mayor intensidad precisamente ahí, en lo cotidiano. Un hule azul, unas chanclas, una gabardina, unas adelfas junto a una carretera, el hielo de un cubo de plástico o una camisa de cuadros adquieren una poderosa carga emocional. Los objetos conservan aquello que el tiempo pretende llevarse. Hay en ello una poética de la memoria doméstica: las cosas recuerdan por nosotros.
El lenguaje de Blanco se mueve entre la narratividad y una imaginación lírica muy visual. Sus poemas cuentan, pero nunca se limitan a contar. La metáfora irrumpe en la experiencia diaria y la transforma: los ojos pueden ser lagos glaciares, una ambulancia recuerda nuestra condición efímera, el deseo posee “el frío de una noche de verano”. No busca deslumbrar mediante el artificio, sino encontrar una imagen capaz de decir aquello para lo que la conversación ordinaria se queda pequeña.
Y entonces llegamos a La terraza. Después de haber atravesado las habitaciones interiores y el patio de la memoria, la mirada puede finalmente dirigirse hacia fuera. Aparecen tejados, pájaros, geranios, azahar, romero, ropa tendida. Y, sobre todo, aparece la hija. “Asómate un día a la terraza”, invita la poeta. El verbo es importante: asomarse. No significa olvidar lo vivido ni cerrar las habitaciones anteriores, sino aceptar que todavía existe un afuera.
Quizá por eso la casa de Marga Blanco termina siendo mucho más que su casa. Entramos creyendo que vamos a conocer su intimidad y acabamos reconociendo habitaciones nuestras. Porque todos conservamos alguna puerta que cuesta abrir, algún objeto que guarda una ausencia, algún muerto que vuelve inesperadamente y alguna terraza desde la que todavía esperamos que llegue la luz.
Marga Blanco abre la puerta. El lector decide entrar. Y cuando sale, inevitablemente, lleva consigo algo de aquella casa.
Gerardo Martín

