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PARA MERECER LA LLUVIA. Escribir para que recordar duela menos

Padre, el agua me acongoja,
vagos pesares me trae.


Amado Nervo
«Cuando llueve»

El duelo era fatal y era infinito.
Siempre estaba matando el mismo tigre inmortal

Jorge Luis Borges
«Simón Carbajal»

Hay libros de poesía que se leen y hay otros que, de algún modo, nos leen a nosotros. Para merecer la lluvia, de Antonio J. Caballero, pertenece a estos últimos. Publicado por la editorial Puerta Granada en 2026, el poemario nace de una experiencia profundamente personal —la muerte del padre—, pero consigue algo mucho más difícil: transformar un duelo íntimo en un territorio donde cualquier lector puede reconocer una ausencia, una conversación pendiente, un recuerdo, una culpa o, sencillamente, el amor que permanece cuando alguien ya no está.

El libro está construido en cuatro movimientos —Duelo y plenitud, En busca de las aguas perdidas, Memoria de mi padre y Redención de la lluvia— y reúne más de cuarenta composiciones, rematadas por un epílogo que funciona como una verdadera poética del conjunto. La arquitectura no es casual: el poemario avanza desde la herida hacia una forma de reconciliación, aunque nunca hacia el olvido. El propio autor lo formula con precisión: escribir ha sido su manera de «merecer su lluvia».

La lluvia es, naturalmente, el gran símbolo vertebrador. Pero no representa solamente la tristeza. Es memoria, tiempo, presencia, escritura y también posibilidad de renacimiento. En ese sentido, el libro establece un diálogo evidente con Borges, cuya célebre lluvia pertenece simultáneamente al presente y al pasado y es capaz de devolver una voz perdida. Borges escribe en El hacedor que «la lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado»; Caballero recoge esa intuición y la convierte en materia propia: «la lluvia de mi padre / que vuelve y que no ha muerto».

Pero el parentesco no es una cuestión de simple influencia. Lo interesante es cómo Caballero incorpora esa tradición y la desplaza hacia su propia experiencia. También resuena Claudio Rodríguez, cuyo asombro ante la lluvia y la claridad aparece, significativamente, como pórtico del libro. Hay en ambos una concepción de la poesía como revelación de lo cotidiano: una luz que aparece precisamente cuando parecía que ya no quedaba ninguna. De ahí versos como «Lo que me falte lo pondrá el vacío» o «Algo mío se ha hecho viejo», capaces de convertir una afirmación aparentemente sencilla en una experiencia existencial.

El primer movimiento del libro es, sobre todo, el de la conciencia de la pérdida. Para que mi yo se complete contiene ya el programa entero del poemario: «Mi esfuerzo es escribirme en el fragmento / del nombre que me falta». El padre no es únicamente alguien que ha muerto; es una parte constitutiva del hijo que ahora intenta recomponerse mediante la palabra.

Después llega En busca de las aguas perdidas, quizá la sección más musical del conjunto. La sucesión de «Canciones» introduce ritmo, reiteraciones, paralelismos y una respiración elegíaca que hace pensar en la tradición de la canción lírica, pero también en la poesía de César Vallejo o Dylan Thomas, invocados directamente por el autor. «Agradezco que al fin / haya algo más profundo que el dolor / en el tajo / que separa la ausencia / del agradecimiento», escribe. Ahí está una de las claves más hermosas del libro: el dolor no termina cuando desaparece, sino cuando empieza a convivir con la gratitud.

La tercera parte, Memoria de mi padre, es probablemente la más conmovedora porque abandona cualquier tentación de monumentalizar al muerto. El padre aparece en sus zapatillas, en su sillón, en un periódico, en una llamada telefónica, en una habitación de hospital, en una novela, en las llaves de una puerta. «Aunque los dos tenemos / la misma talla de zapatos, / qué difícil ponerme ahora y aquí en tus pies». El detalle doméstico se convierte así en categoría poética.

Esta estrategia aproxima el libro a Joan Margarit: la poesía entendida como casa habitable frente al dolor. No es casual que el propio Caballero cite a Margarit en su epílogo al hablar del poema como «refugio habitable». En Margarit, como aquí, la emoción no necesita grandilocuencia: son las cosas concretas las que terminan sosteniendo el duelo. La poesía puede ser refugio precisamente porque no niega el dolor.

Y quizá ahí resida una de las mayores virtudes de Para merecer la lluvia: Caballero no convierte a su padre en estatua. Lo mantiene vivo en movimiento. El periódico que leía, las películas compartidas, los libros, la guerra, la infancia, los viajes, las conversaciones: todo construye una filiación cultural y afectiva. Incluso incorpora fragmentos de los textos escritos por su padre, haciendo que ambas escrituras se encuentren dentro del mismo libro.

En Redención de la lluvia ocurre finalmente algo decisivo. La ausencia deja de ser únicamente ausencia y empieza a transformarse en presencia nueva. «Al nacer me entregaste la escritura. / En ella me redimo», afirma el poeta. Y en Para merecernos, uno de los poemas más luminosos del conjunto, la lluvia ya no es solo aquello que cae sobre el recuerdo: es aquello que permanece dentro del hijo.

El epílogo confirma esa transformación. Caballero explica que no quiso levantar «un monumento de mármol», sino «una casa con las puertas abiertas». Esa imagen resume magníficamente el libro. Porque Para merecer la lluvia no es una elegía cerrada sobre sí misma, sino una casa a la que el lector puede entrar.

Y quizá por eso, al terminarlo, uno comprende que el verdadero destinatario del poemario no es solamente el padre. Somos también nosotros, los que alguna vez hemos perdido a alguien y hemos descubierto que la ausencia tiene sus propios objetos, sus propias horas y sus propias lluvias.

Antonio J. Caballero escribe para no olvidar, sí. Pero consigue algo todavía más difícil: escribe para que recordar duela menos y acompañe más. Y cuando la última página cae, queda la sensación de que la lluvia sigue cayendo afuera, pero también dentro del libro. Como quería el poeta: sobre una memoria que ya no es solamente memoria, sino una forma nueva de estar juntos.

Gerardo Martín

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